Bienvenidos al Rincón de la Pluma

Queridos lectores:
Bienvenidos al rincón de la pluma, en el que yo (Julio San Román) colgaré mis historias y fantasías de vez en cuando.
Espero que disfrutéis de mis escritos.
Atentamente,
Persépolis

domingo, 25 de mayo de 2014

Recuerdos para Kevin Doe

Abrí la ventana y las notas de música entraron a través de ella. Asomé la cabeza y vi la misma calle de siempre. Una avenida peatonal con múltiples personas yendo y viniendo sobre su calzada. Cada persona era única: podían tener bigote o no; tener pelo largo, corto, encrespado, de punta; ojos claros, oscuros, pardos; o simplemente no destacaban de los demás y vestían a la moda, con el peinado más común de las revistas, ocultaban sus ojos tras gafas de sol...
Sin embargo, aquella mañana había una persona que no solía estar por allí. En la fachada de un edificio, unos metros alejado del portal, se encontraba un hombre de pelo largo y castaño, una barba mal afeitada alrededor de la boca y alto. Vestía una camiseta gris, tejanos negros con un cinturón de cuero, zapatos del mismo color que los pantalones, una chaqueta marrón larga y una bufanda gris. Tal vez fuera un estilo algo clásico, pero a él le sentaba bien. Sobre su hombro descansaba un violín. En la parte baja, él lo sujetaba con su barbilla. Con una mano cubierta por un guante que no cubría los dedos sostenía la varilla. Las cuerdas de la varilla rozaban las cuerdas del violín. A sus pies descansaba un gato naranja y algo escuchimizado. Junto al gato, un sombrero invertido protegía las pocas ganancias del violinista.   
El violinista levantó la mirada y se cruzó con la mía. Él me sonrió y yo me introduje de nuevo en el calor de mi piso. Debía ir a trabajar. Cambié mi pijama por un traje elegante gris y me preparé para la rutina.
Bajé al portal, salí al exterior y el frío madrugador azotó mis mejillas. Me resguardé en mi abrigo y crucé la calle. Divisé al violinista unos metros más atrás y continué mi camino. Me aseguré de que las carpetas que llevaba bajo el brazo estuvieran seguras ahí mientras caminaba. De repente una ráfaga de viento sopló e hizo que unos papeles que no estaban en el interior de mis carpetas salieran volando unos metros más atrás.
Salí corriendo tras ellos lo más rápido que mis tacones me lo permitieron. Frené rendida y con los pies aullando de dolor. No podía pillar aquellos dichosos documentos. Me doblé sobre mí misma para recuperar el aliento. Ya no escuchaba la música del violín, pero eso no importaba en aquellos momentos. No sabía qué documentos se habían ido volando, pero seguramente fueran importantes. Me maldije a mí misma por ser tan torpe como para perder unos papeles de los cuales dependía mi trabajo.
Sin esperarlo, una mano me tendió los documentos algo arrugados. Levanté la cabeza y mi mirada volvió a cruzarse con la del violinista. Él me mostraba amabilidad con su sonrisa torcida. Cogí los documentos y los guardé en una carpeta con alguna dificultad. El violinista, acompañado por su gato se giró y volvió junto a su sombrero, se colocó el violín correctamente y siguió tocando aquella plácida música. Yo me acerqué y le eché unas monedas en el sombrero y el susurró:
-Esta va por usted, señorita -y comenzó a tocar otra pieza, esta vez más lenta y mucho más apasionada. Yo le di las gracias y, antes de marcharme, pregunté:
-¿Cómo se llama?
-Kevin Doe, señorita -dijo él amablemente.        
Asentí con la cabeza, dando a entender que jamás le olvidaría. ¿Cómo olvidarse de un personaje tan peculiar?
No obstante, aquella fue la última vez que vi a Kevin Doe.
*             *             *
Cuando apareció aquel violinista por la estación simplemente pensé que sería otro artista ambulante que iría pidiendo algunas monedas en los trenes a cambio de música barata y algo de pena, pero me equivoqué.
Simplemente se sentó en un banco y comenzó a hacer lo que mejor se le daba, tocar el violín. Su música era preciosa, flotaba en el aire como pompas de jabón, le daba alegría a la estación. Yo esperaba que tarde o temprano parara y se subiera a algún tren, pero no lo hizo. Tan sólo paró para dar de comer a su gato y, de paso, comer él también un bocadillo de jamón con pan duro de hacía un par de días, supuse.
Curioso me acerqué y, con cuidado de no pisar a su gato naranja y de no tirara el sombrero en donde se encontraban algunas de las ganancias del hombre, me senté a su lado, en el banco. Supongo que ver a un guardia de estación acercarse siendo u n músico mendigo no debe ser plato de buen gusto para nadie. Él sin embargo me miró de reojo y me saludó con un movimiento de cabeza, sonriente.
Yo le miré fascinado y le pregunté:
-Señor, ¿va usted a coger algún tren?
Él, sin dejar de tocar, negó con la cabeza.
-Tal vez al final del día, para volver a casa -comentó-. De momento estoy bien aquí. ¿Hay algún problema sin me quedo, agente?
-Siempre que toque esa música bien y no arme ningún jaleo, es usted libre de quedarse aquí todo lo que quiera -le aclaré.
Él me lo agradeció y se hizo el silencio entre nosotros dos. De nuevo volví a preguntar:
-¿Tiene nombre artístico?
-No. Simplemente soy Kevin Doe.
-Debería ponerse un nombre artístico -le sugerí-. Triunfará más si se pone un nombre artístico.
-Cuando eres un trotamundos como yo, rara vez la gente te recuerda -dijo él-. Piénselo. Toda las personas que pasan por aquí con sus marionetas, instrumentos o trucos de magia, todos ellos con ganas de triunfar pero, realmente, ¿usted cuántos recuerda?
Tragué saliva. Intenté recordar a alguno, pero no tenía ningún recuerdo de algún músico ambulante, ni siquiera de los que habían pasado el día anterior. De repente, Kevin Doe paró de tocar, se levantó y dijo:
-Debo volver a casa, agente. Que pase buena noche.
Y esa fue la última vez que vi a Kevin Doe.
*             *             *
-¿Cómo ha dicho que se llama? -pregunté, recostado en la silla de mi despacho.
-Kevin Doe -respondió el músico ambulante que tenía frente a mí.
 Él era otro de esos músicos que vive a costa del dinero de otras personas y que aspira a ser algo inalcanzable, músico profesional. Algunos pocos lo conseguían, pero debían destacar por encima de una gran mayoría y normalmente se debía a que tenían parientes de relevancia artística.
-De acuerdo, señor Doe, tóqueme alguna canción de su disco -le reté. Normalmente la mayoría caían cuando les pedía una prueba de su genialidad.
-Pero, señor, tiene usted ahí el disco -señaló con su dedo el CD que momentos antes me había entregado. La decisión estaba tomada, si no podía tocar en vivo, no lograría llegar muy lejos y por lo tanto, yo no iba a perder mi dinero patrocinando su disco.
-Pues, entonces, me temo que...
La música de su violín me interrumpió. Era una música preciosa, una melodía que tal vez estuviera grabada en aquel disco, pero que yo no me había molestado en escuchar. Estuve atento durante todo el recital, intentando ser profesional y no parecer asombrado.
Al acabar él de tocar, me levanté y alcé mi mano para estrechársela.
-Enhorabuena, señor. Creo que me apetece invertir mi dinero y tiempo en su disco, solamente me faltan dos cosas: la primera, el nombre del disco y la segunda, su nombre artístico -dije-. Entiéndame, Kevin Doe es un nombre curioso, pero un nombre artístico atrae más.
-Creo que me llamaré... Globetrotter, trotamundos -dijo él, guardando su violín en su funda-. Y el disco quiero que se llame Remember me.
-¿Por qué ese nombre? -pregunté.
-Quiero crear recuerdos para siempre. Con este disco estoy consigiendo lo de para siempre.

 Y así fue como conocí a Kevin Doe.

domingo, 2 de febrero de 2014

Monólogo interior: Yo ante un examen.



Bueno, allá vamos. Que no se note que estoy temblando... Julio, controla el movimiento de las manos, que parece que están sufriendo un ataque epiléptico. Intenta tranquilizarte, mira a la ventana. ¡Uy! ¡Qué día más bueno hace! Y lo bien que estaría yo en la playita ahora mismo, pero no, porque tengo examen... ¡El examen! ¡Qué viene el profe! Mírale, que sonrisita trae, se la borraba yo en un periquete dándole dos tortas, una por poner el examen hoy y la otra por si pierde la primera. Je, a veces Julito tienes unos puntazos... Oh no, que ya está repartiendo las hojas, esos folios en blanco con el poder de arruinarte la vida o de alegrártela, claro que para arruinártela después están los padres: que si utilizas mucho el Whatsapp, que si eres muy vago, etc, o luego está el otro tipo de padres, en el cual me identifico, que te dice: “tú verás lo que haces...” ¡Eso lo odio! Espera, que el profe acaba de dejarme dos folios en mi mesa, ¡¿sólo dos?! ¿A este qué le pasa? ¿Acaso no se ha enterado de que yo soy de los que no respetan al Amazonas cuando están haciendo un examen? Bueno, ahora llega el momento de las decisiones importantes: ¿Boli azul o boli negro? Mira que es duro tener que tomar esta decisión, porque si utilizo el azul, se me gasta fijo y de eso me siento muy orgulloso, que soy de los pocos que van a conseguir gastar un boli Bic, es todo un mérito, pero si utilizo el negro, el examen queda como más formalito. Podría usar el verde, que como siga así le van a salir telarañas en el estuche y no se arruga de viejo porque no puede que si no... El profe ha vuelto a pasar y me ha dejado el examen en la mesa, a ver si consigo darle la vuelta... Poquito a poco... Jo, me ha pillado, pasamos al plan B, ponerlo a contraluz. Mmm, interesante, tiene numeritos, va a ser complicado analizar sintácticamente eso. ¡Por fin se puede dar la vuelta al examen! Voy a coger el boli azul mejor, vamos al primer ejercicio... Pffff... Dios, que mareo, que empiezo a hiperventilar... ¡Vamos, tío! ¡Céntrate!  A ver, (x-32) es el sujeto y el predicado es log = 3 - log125 y obviamente log es el núcleo, 3 es complemento predicativo y el – es su modificador, luego, por descarte, log 125 tiene que ser por narices complemento directo porque si lo pasamos a pasiva hace la función de sujeto... Buah, este examen está tirado, voy a sacar la mejor nota de clase. ¡Anda! ¿Por qué está aquí el profe? Da mal rollo que se haya parado junto a mi mesa. ¿Por qué señala con ese dedaco el título del examen? A ver qué pone... Examen matemáticas... Sabía yo que algo no iba bien. El título del examen está claramente equivocado.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Capítulo 4: La oferta de Rapto Denar.


Lee entró en una sala de color azabache con tapices negros bordados con relieves dorados. La sala era amplia y al fondo se podía ver una silla que parecía estar hecha de ceniza. El trono no mantenía su forma original, sino que iba cambiando sus bordes, adoptando formas irregulares y espirales que se movían por sí solas. A los pies del trono había tres pequeños pero anchos escalones de piedra negra. En la sala hacía frío, pero Lee sentía un calor horrible corroyéndole las entrañas. No había ninguna ventana por la que se pudiera filtrar la luz del exterior, y en el caso de que la hubiera, lo único que vería a través de ellas serían esas espantosas nubes que adornaban el cielo de la Tierra de Cenizas.
El hombre conejo iba maniatado, seguido por los mismos lobos que lo habían apresado. Eran criaturas inmensas del tamaño de un caballo. Sus orejas eran puntiagudas, al igual que sus colmillos negros. Carecían de pelo, pero la ceniza de la que se componían adoptaba surcos a lo largo de sus cuerpos. Su rabo era largo y acabado en punta, como los de un demonio. A Lee le asustaba ver los ojos amarillentos de aquellos perros "cenizados". El gruñido de sus fauces retumbó por toda la sala.
Cuando alcanzaron el trono, uno de los lobos lo obligó a arrodillarse dándole un golpe en la espalda con una de sus fuertes garras. Mientras Lee soportaba el dolor de aquel golpe, en el trono apareció una figura vestida de negro, de piel fina y gris. Su cabello era largo y estaba bien cepillado. Lo más inquietante de aquel hombre eran sus ojos, que no distinguían la pupila del iris. Eran completamente negros. Los demás aspectos de su cara le hacían parecer un hombre apuesto, sin ningún pelo en la barbilla ni sobre os labios, también grises.  Miraba al hombre conejo con una leve sonrisa en los labios.
-¿Qué te ha parecido el viaje?-preguntó Rapto Denar a Lee.
-Genial-murmuró el hombre conejo con un gemido-. Me encanta que tus perros me cacen como a un conejo y que después me traigan aquí forzosamente.
-Me alegro, porque fue idea mía-declaró Denar aumentando la sonrisa de su cara-. De todas formas, eres un hombre conejo, y ese es el trato que se merecen los conejos. Por otra parte, creo poder conseguir algo que tú quieres.
Lee levantó la mirada con interés. Creía saber el curso que iba a tomar aquella conversación y por una parte eso le seducía, pero por otro lado, le aterrorizaba.
-¿De qué se trata?-preguntó.
La sonrisa de Rapto aumentó más todavía. Aquella curvatura en sus labios infundía a Lee una extraña sensación de inseguridad, temor y precaución. Rapto debió de percibirlo, tal vez porque las enormes orejas de conejo en la cabeza de Lee se erizaron.
Rapto chasqueó los dedos y las cuerdas que ataban las manos de Lee desaparecieron. El hombre conejo se frotó las muñecas entumecidas. Se frotó el pelo de las manos y arqueó una ceja, gesto de desconfianza.
Rapto Denar se puso en pie y se acercó al hombre conejo. Le agarró los hombros y lo puso en pie. Hizo un movimiento de cabeza.
-Demos un paseo y charlemos-dijo Rapto. Su tono no daba una orden, pero Lee no se atrevió a desobedecer.
Lee comenzó a caminar junto a aquella sombra que se había adueñado de su alma. Rapto Denar parecía no tener intención de luchar, incluso juntó las manos tras su espalda, pero los rumores que recorrían Eridna no ayudaban a que estar en su presencia fuera algo tranquilizador.
-Cuéntame tu historia, Lee-pidió Rapto. Lee le miró extrañado. Era la primera vez que le llamaba por su nombre.  El hombre conejo meneó su bigote, pensativo.
-No creo que te interese-le restó importancia, pero la mirada de Rapto seguía clavada en él-. Está bien. Yo vivía en los Bosques del Sur. Era feliz, tenía mi granja donde cultivaba todo tipo de verduras.
«Un día, dejé a mi esposa en mi hogar y me fui a cazar. Tras un día entero de persecución, cacé al conejo más grande que había visto. Un grave error por mi parte.»
«Por aquellos tiempos, los Bosques de Sur eran unas tierras gobernadas por un rey al que le encantaba la caza. Al parecer, había puesto precio a la cabeza de aquel animal al que yo había cazado. Yo no lo sabía, y en cuanto se enteró de que yo lo había cazado, me obligó a dárselo. Yo me negué y lo pagué caro.»
«El rey ordenó a sus guardias que quemaran mi casa y que mataran a mi mujer. Yo, enfurecido y sintiéndome impotente y culpable, me dirigí al castillo donde residía el rey. Le quité la piel al enorme conejo y me la puse por encima. El rey, al verme, me confundió con el enorme conejo y me persiguió con el fin de cazarme. Yo le conduje por un camino del bosque que el que anteriormente yo había preparado cientos de trampas. El rey, por ser tan torpe, caía en prácticamente todas, hasta que finalmente, murió en una de ellas. Cayó a un río en el fondo de un barranco desde cientos de metros de altura. Tras esto, la piel de conejo se adhirió a mi cuerpo convirtiéndome en lo que soy ahora. Iruna me hizo guardián de los Bosques del Sur.»
Rapto asintió cuando la historia acabó. En ese momento se encontraban en una sala de la misma piedra negra que la anterior, pero esta era mucho más amplia. Del techo colgaban cientos de jaulas de arena negra. En cada jaula había un conjunto de luces blancas que aumentaban la espectral escena. Al fondo de la sala, había un espejo de cinco metros de alto. Lee apretó la mandíbula y sus dientes de conejo entrechocaron.
-¿Sabes dónde nos encontramos?-preguntó Rapto. Lee negó con la cabeza. Pese a su aspecto de hombre adulto mezclado con un conejo, Lee estaba tan asustado como un niño-. En estos momentos, nos encontramos en la Sala de las Almas. Desde aquí, yo puedo observar las almas de las personas que han muerto. El caso es que encontré un documento en el cual se explicaba un hechizo para devolver a una persona a la vida.
Las orejas de Lee se estiraron al oír esto. Lee dejó de mirar las jaulas con las luces en su interior para mirar a Rapto Denar.
-¿Bromeas?-preguntó, y después se sintió estúpido por hacer esa pregunta.
-Deberías saber que rara vez yo bromeo-respondió Rapto, serio-. El caso es que yo quiero algo que tú podrías ayudarme a conseguir y a cambio, yo te daré lo que tú más deseas, a tu difunta esposa.
-¿Tu crueldad no conoce límites?-exclamó Lee-. Mi mujer está muerta, y por mucho que te empeñes en que ella puede volver al mundo, eso es imposible. Ningún libro de magia explicaría tal hechizo.
-Tal vez no busques en los libros en los que debes buscar-dijo Rapto, manteniendo su expresión seria y firme. No fruncía el ceño, no parpadeaba, ni siquiera se notaba alguna arruga en su rostro.
-¿Te refieres al libro de la Sombra? ¿Al Ocscurium?-insistió Lee.
-¿Aceptas el trato?-el ultimátum de Rapto estaba hecho. Si Lee se negaba perdería a su mujer para siempre.
-¿Qué quieres a cambio?-Rapto cambió su expresión. Una fina línea curva apareció en sus labios.
-Quiero saber dónde está el reino de Ais Frost.
-Ais Frost no tiene reino. Él es un espíritu errante. Ahora mismo se encontrará en el Reino del Norte, discutiendo con su padre para variar-explicó Lee.
-Encuéntralo y tendrás a tu mujer-Rapto extendió la mano. Lee la observó con temor y lentamente se la estrechó. Los afilados colmillos de Rapto aparecieron en la comisura de sus labios.
De repente, la temperatura de la sala descendió un par de grados. Rapto miró el techo y vio que las paredes empezaban a cubrirse de escarcha.
-Al parecer no hace falta que busques al joven guardián. Él vendrá junto a mí-Lee tragó saliva. No podía creer que Ais fuera tan estúpido como para ir a rescatarlo al castillo de Rapto Denar-. No obstante, conejo, mantén tu palabra.

Carta al director: De un tonto a otro.


Sr. Director:
He de decir que sus artículos me parecen patéticos y que por esta razón le admiro muchísimo. Su periódico no puede hacer nada para empeorar porque entonces ya ni se publicaría. Estoy casi seguro de que la sección de cultura la escribe Belén Esteban, pese a que no conoce el significado de esa palabra, “cultura”.
De todas formas, le escribo esta carta porque me siento indignado y espero que usted, entendiendo mi preocupación, la publique en su periódico. Yo, como ciudadano español, me siento traicionado por mi gobierno, un gobierno al que yo voté en unas elecciones y que salió victorioso gracias a los sufragios recibidos por personas engañadas como yo. Hoy puedo decir que entiendo la expresión: “Mientes más que un político en campaña”.
Yo vivo en un municipio llamado Madrilillo (como Madrid pero en chiquitillo), un pueblo situado entre Pinto y Valdemoro. El factor que falla en nuestra comunidad es nuestra alcaldesa. El problema no es lo que hace, sino más bien lo que no hace. Nuestra alcaldesa no roba dinero público. Es decir, yo estoy verdaderamente indignado. ¿Qué está ocurriendo en el ayuntamiento que no nos quieren contar? ¿Acaso nuestro dinero es mejor que el de las demás comunidades de España? ¿O es peor y por eso no merece ser robado como es debido?
Y ahí no acaban los problemas. Nuestro concejal de empleo está llevando a cabo una medida contra el paro. Estoy deseando saber quién demonios busca trabajo a día de hoy.
Por lo tanto, me gustaría que usted, Sr. Director, publique esta carta en el periódico a la espera de que alguien que se entere de lo que está pasando en nuestro municipio, responda.
Atentamente,
Gerónimo Nontiendoná.
*          *          *
Sr. Director:
Por una vez en mi vida, los demás periódicos se acabaron y me vi en la obligación de comprar su periódico. Sin palabras, quiero decir, me lo encontré sin palabras, meras hojas en blanco a excepción de una en la usted publicó la carta de Don Gerónimo Nontiendoná. Encontré esa carta apasionante y por eso he considerado que lo mejor sería exponer mi situación para ver el otro lado de la moneda.
Yo vivo en Madrid, capital de España, y he de decir que su situación no tiene nada que ver con la de Madrilillo. Aquí en la ciudad, nos roban hasta los calcetines. Jamás había visto tanta avaricia junta. Es más, los abuelos ya no echan migas a las palomas en los parques y éstas, ya sea por avaricia o por gula, atacan a muerte a los ancianos. Es todo un espectáculo ver estas luchas de gladiadores emplumados contra bestias con artrosis.
Personalmente, a mí se me saltan las lágrimas cuando miro al horizonte y veo el Congreso de los Diputados. He de decir que hablar del gobierno es como hablar de la charcutería, nuestro tema de conversación giraría entorno a los chorizos. Fíjese si son rácanos que, a nuestro bien amado Presidente, si se le preguntara por alguna mujer llamada Mercedes se obtendría como respuesta que la única Mercedes en su vida es su coche.
Y eso no es nada. El otro día leí un artículo en el que se entrevistaba a nuestro sabio Ministro de Educación y se le preguntaba por alguna de sus aficiones. Él contestó que le encantaba cantar en el idioma de los delfines y el periodista mostró su desconcierto ante el curioso afán del ministro por cantar a los peces, a lo que el propio entrevistado corrigió al reportero diciendo que los delfines no eran peces sino crustáceos. Da gusto que el ministro de educación no sepa que los delfines son arácnidos.
Tratando el tema del desempleo, la cola de parados da dos vueltas al edificio donde se encuentra la oficina de empleo. Me enorgullezco de todas esas personas que se pasan horas de pie esperando recibir una mínima cantidad de dinero.
Es admirable el trabajo de nuestros políticos por mantener Madrid y España en la más absoluta miseria.  
Atentamente,
Don Topolino Buenrincón.

jueves, 31 de octubre de 2013

Especial Halloween: Los invasores de espacio y el pringao.



Halloween
Querido desconocido:
He de informarte de que tengo miedo. Es más creo que nací con miedo. Me explicaré: El día tras el parto, cuando me iban a poner en brazos de mi madre, ella no apareció. Dejó una nota en la cama diciendo que por ella como si me tiraban a la basura. Se nota el amor familiar.
El caso es que me atemoriza quedarme solo, hablar con las chicas (por favor, ¿a quien no le da miedo eso?), las ballenas me dan miedo, los unicornios, el fuego, los extintores...
Es terrorífico ir al cole por ejemplo. Mi colegio está repleto de chicas que dibujan unicornios en las paredes, en el laboratorio tienen mecheros y extintores por todas partes y no hay ballenas, pero mi profe está tan gorda como una. La llamamos cariñosamente Willy.
El caso es que se acerca la época de Halloween y eso es malo. Yo antes era de los que se reía de todo, pero ahora soy un cagueta. Ya le dije a mi madre que me comprara para este año calzoncillos marrones, por si algún susto venía acompañado, pero ella me dijo que me los comprara yo... Que depresión me ha dado.
El caso es que fui a comprarlos y volviendo a casa, se hizo de noche. Decidí atajar por el conocido Bosque Sombrío (todavía me pregunto por qué lo llamarán así). El caso es que al adentrarme en el bosque descubrí algo muy interesante.
Descubrí un OVNI. Del OVNI salieron unos bichejos asquerosos que me dijeron si me quedaba a tomar unas birras con ellos. A ver, yo no soy experto en esto, pero si los aliens te invitan a tomar cervezas es que obviamente quieren abducirte. Así que hice lo que habría hecho cualquier otro cobarde en mi lugar, corrí hacia ellos y les di una buena patada donde no se debe dar a los hombres.
Había descubierto cuál era su punto débil, y debía aprovecharlo. Salí corriendo y al llegar a casa, llamé a mi amigo Rodri. Sé que no es de los mejores reclutas que se puede tener, pero era el único en el que podía confiar. Cualquiera podía ser un alien.
Cuando apareció por mi casa me dieron ganas de abofetearlo. ¿Cómo se le ocurría venir disfrazado de E.T? El caso fue que subimos a mi habitación y abrí mi armario. Le mostré a Rodri mi arsenal: pistolas de paintball, espadas de juguete, globos de agua... Entonces mi madre, que por cierto, siempre le ha caído mucho mejor Rodri que yo, apareció en mi habitación y se quedó asombrada al ver mis armas. Yo, queriendo impresionar a Rodri grité:
-¡Mierda! ¡Mamá, fuera de mi habitación!
Le di a Rodri una espada de juguete y salí echando chispas de mi habitación armado con mi superpistola de paintball.
Volvimos al bosque y nos encontramos a los aliens donde los había dejado. Al verme corrieron hacia mí y yo empecé a disparar. Intentaba apuntar a los... en fin, a su punto débil, pero había muy poca luz y no conseguía darles.
Finalmente, me acabaron rodeando y yo me di cuenta de que no eran alienígenas, sino adolescentes haciendo botellón. Intenté salir corriendo, pero ellos, pese a estar borrachos, eran bastante rápidos y me dieron una somanta de palos impresionante.
En fin, creo que está claro por qué odio Halloween ¿no?
Firmado
Alguien con calzoncillos marrones.

domingo, 27 de octubre de 2013

La fábula de Renard y Pollito.


Hace mucho tiempo, pero tampoco tanto como se imaginan, yo viajaba por todo el mundo. No tenía hogar y nunca me quedaba en el mismo sitio más de diez días. Me ganaba la vida con mis títeres y marionetas. Iba de aquí para allá con mi carromato en el que dormía y transportaba todos mis bártulos.
Un día comenzó a llover de manera desmesurada. Yo, temiendo que el carromato se quedara atascado en el barro, me desvié del camino y llegué a un mausoleo en medio del bosque. Al principio me dio algo de miedo. La pequeña casa era de piedra, oculta tras las plantas que crecían en las paredes.
Decidí pasar la noche allí, en el interior del mausoleo. Dentro hacía calor, al contrario que en el exterior. Para mi sorpresa, en el interior del  mausoleo sólo había una tumba que ocupaba la parte central. Sobre  la tumba descansaban un violín de plata y un sombrero verde con una pluma amarilla. Yo los dejé donde estaban y me hice con un par de hojas y mantas una cama improvisada. Fui a buscar mis títeres al carro, para evitar que me los robaran. Cuando volví, caí dormido en un profundo sueño.
A altas horas de la noche me desperté sobresaltado. Había oído un ruido en el interior del  mausoleo. Agazapado detrás de la tumba, me asomé para ver qué era lo que ocurría. En la puerta del  mausoleo había dos figuras, la de un hombre y una mujer. La mujer era bajita, con una nariz picuda y ojos totalmente negros. Llevaba el pelo color azabache recogido en un moño. La frente estaba cubierta por un mechón de pelo blanco suelto. Levaba una camisa negra con las mangas holgadas y blancas. El hombre era más grande que ella pero no mucho, era algo regordete, su cara era redonda, tenía el pelo gris y un antifaz que le cubría los ojos. Su ropa también era negra, a excepción de sus pantalones, que estaban cruzados por rayas blancas.
-Vamos, Urraca, no tenemos toda la noche para robar las riquezas de este fiambre -dijo el hombre.
 -Ya lo sé, Mapache, deja de darme órdenes -respondió airada la mujer con una voz chirriante.
Yo no podía dejar que robaran las pertenencias del difunto que descansaba en ese  mausoleo, así que decidí asustarles para salieran de allí. Encendí una vela y saqué mis títeres. Las sombras que proyectaban en la pared, unidas con mi voz, asustaron tanto a Urraca y Mapache que salieron espantados de allí.
A la mañana siguiente, salí del  mausoleo con mis títeres y los guardé en el carro. Intenté ponerme en marcha, pero el carro se había atascado en el barro. Hice que el burro que tiraba de mi carro avanzara y yo empecé a empujarlo por detrás con todas mis fuerzas, pero el carro no salía del barro.
De repente escuché el dulce sonido de un violín que se aproximaba hacia mí. De entre unos arbustos, apareció un hombre con el pelo encrespado y naranja. Desde sus orejas hasta su boca se extendían unas patillas de pelo naranja con canas blancas. Su nariz era larga y redonda. Sus ojos eran del color de la hierba joven. El hombre vestía una casaca verde a juego con su sombrero de copa verde con una pluma amarilla. Venía tocando su violín plateado, del cual salía una música alegre y hermosa.
El hombre dejó de tocar al verme y me miró curioso. Comprendió cuál era mi problema sin que yo le dijera apenas nada.
-Supongo que no has probado a poner una tabla de madera bajo la rueda para conseguir que ruede y así poder sacarla del barro -sugirió-. Ya he estado en estas situaciones antes y te puedo asegurar que eso suele funcionar.
Con su ayuda, coloqué la tabla bajo la rueda y al empujar los dos conseguimos que el carro avanzara. Yo me disponía a marcharme cuando el hombre me preguntó si podía acompañarme. Yo no veía ningún motivo para que no lo hiciera, al fin y al cabo me había ayudado. Le pregunté cuál era su nombre y él me dijo que le podía llamar Renard. Él decidió que me llamaría Pollito. Supongo que sacaría la idea de mi pelo rubio.
A la tarde siguiente, volvió a llover y no teníamos refugio. Encontramos una cabaña donde vivían unos granjeros. Ambos eran gordos, con la nariz chata y los ojos pequeños. Sus ropas estaban muy sucias, como si fuera la piel de un cerdo. Eran el señor y la señora Piggins. Renard bajó del carro y les pidió cobijo. Ellos se negaron.
-¿Cómo podemos confiar de alguien a quien no conocemos? Podríais ser ladrones. No hay más que ver el violín de este estúpido -dijo el Sr. Piggins señalando el instrumento.
-Mi amigo no es ningún estúpido. Si no nos quieren aquí mejor será que nos vayamos antes de que el tiempo empeore -respondí yo enfurecido.
Renard me hizo callar con un gesto de su mano y cortésmente se dirigió hacia el granjero:
-Disculpad a Pollito. Mi estimado señor, su casa en estos momentos es para nosotros como un castillo en el que nos gustaría pasar la noche. Si nos dejara dormir aquí le estaríamos muy agradecidos.  
La expresión del granjero cambió radicalmente, y al oír estas palabras nos dejó pasar al interior de su casa. Allí pasamos la noche y a la mañana siguiente le pregunté a Renard:
-¿Cómo sabías que nos dejaría pasar la noche si le decías eso?
-Simplemente fui educado, al contrario que tú -me reprendió-. Ya había estado en estas mismas circunstancias antes, y siempre me ha funcionado el ser educado. En cambio tú, Pollito, eres algo imprudente y orgulloso. Yo te enseñaré a ser más educado ya que el maestro ha de enseñar a su alumno como se ha de comportar.
Aquella misma tarde, paramos a comer algo en el claro de un bosque. Un niño que pasaba por allí, rápido y veloz, nos quitó un pedazo de queso y subió a un árbol. Yo salí corriendo detrás de él, pero Renard me agarró de un brazo y me dijo:
-No vayas tras él, ya que si abandonas el resto de la comida por una pequeña porción de la misma, seguramente te quedarás sin nada. Deja que el niño coma ese pedazo de queso antes de que vengan otras personas y aprovechando que tú no estás te quiten el resto de la comida. A mí me pasó una vez y me sentó muy mal quedarme con las manos vacías.
Disfrutamos de la comida y seguimos nuestro camino. Se puede decir que Renard me enseñó muchas cosas más en nuestras innumerables aventuras. No tardé mucho en descubrir por qué Renard decidió ayudarme cuando yo estaba solo. La noche que pasé en el  mausoleo tuvo mucho que ver. El nicho era la tumba del padre de Renard, y como yo conseguí que nadie profanara su tumba, Renard decidió devolverme el favor haciéndome su aprendiz. Él me dio grandes consejos a lo largo de su vida que aprendió por la experiencia.
“Sabe más el hombre por viejo que por hombre.”

domingo, 13 de octubre de 2013

Dorian Spoore y el misterio del hombre sin pasado. Escena 6: El misterio se desvela



Aylin llegó al teatro poco después de que Spoore la llamara. Traía consigo a Rosa. El detective andaba un poco perdido. Todos parecían culpables. Las coartadas no ayudaban. Al parecer todos estuvieron en sus casas, obviamente solos, sin nadie que pudiera confirmarlo. Spoore creía que lo habían hecho a propósito para hacerle más difícil el trabajo. No obstante, la presencia de Aylin lo ayudó. Se habían sentado en uno de los palcos del teatro, donde nadie pudiera escuchar su conversación.
—¡Me duele la cabeza y no tengo nada que beber! —exclamó Spoore a punto de colapsar.
—Te he traído un zumo de uva y piña, tu favorito —dijo Aylin mientras sacaba un tetrabrick de su bolso.
—¡Gracias! —Spoore cogió el zumo con impaciencia, lo abrió y empezó a sorber el líquido por la pajita.
—Teóricamente, en todas las máquinas expendedoras debería haber una botella de agua —comentó Aylin.
—Teóricamente en todo asesinato hay una víctima y un asesino. Aquí tenemos una víctima, una semivíctima y ningún asesino —se quejó Spoore. Se atragantó con el zumo y pensó en lo que había dicho. Su cabeza funcionó, encajó todas las piezas del puzle y sonrió alegre—. ¡Claro, así fue cómo lo hizo! Hay que reunir a todo el mundo... pero después de tomarme el zumo.
—¡Pero el asesino puede escapar! —dijo Aylin, contrariada.
—No lo creo —dijo Spoore seguro de sí mismo y dando un sorbo de zumo.

***

Todos estaban sentados en las butacas. El grupo de actores, Rosa y Máximo, y por último, Aylin y el comisario Mendoza. Al fondo de la sala había dos agentes de policía que arrestarían al asesino. Spoore estaba de pie sobre el escenario, con las dos manos en su bastón.
—Todos sabemos el motivo por el que estamos aquí. Sabemos que hay un asesino entre nosotros y que ese asesino mató a Fernando. ¿Por qué? Fernando a nuestros ojos parecía un santo, pero no era así. Todo empezó con la adicción a las drogas de Máximo. David, tú le dabas las drogas ¿verdad? —David se encogió sobre sí mismo y tragó saliva. Le habían pillado. El comisario se levantó con unas esposas en las manos, pero Spoore le hizo un gesto para que se sentara—. No obstante, David no es el asesino. Fernando se enteró de la adicción de Máximo cuando, Juan, el director amenazó con denunciarle. Fernando no tuvo más remedio que inventarse una mentira para encubrir a su amigo. No obstante no pagó al director. Tal vez por eso el director quisiera matarlos —Juan volvió a palidecer y no supo si aquello sería otra broma de Spoore o esta vez iría en serio. El comisario volvió a levantarse con las esposas, pero Spoore le obligó a sentarse—, pero Juan no es el asesino. Para pagar las deudas, Fernando traicionó a su amigo Roberto e hizo que su novia se enamorara de él. Pero Fernando lo único que quería era dinero y robó a Rebeca. Ese fue el motivo por el que ambos podrían haber querido matarles... ¡Comisario no se vuelva a levantar hasta que yo se lo diga! ¿Por dónde íbamos? El caso es que solo hemos visto este caso desde una perspectiva, pero y si miramos desde el punto de vista de Fernando… Tenía dinero, mucho dinero. ¿Por qué iba a pagar las deudas de Máximo? Y Máximo, ¿por qué iba a dejar que su compinche se largara con todo el dinero? Así que Máximo chantajeó a Fernando utilizando a su hermana, Rosa. El día en que la conoció en la cafetería no fue una casualidad. Máximo sabía quién era Rosa. Por eso, él se limpió con la servilleta en la que estaba el número de teléfono. Porque realmente no sentía nada por ella. Cuando salió de la cafetería, un coche se acercó por la acera, como él mismo me dijo que recordaba. Era Fernando. Máximo subió al coche y allí tuvo una charla con Fernando. Máximo seguramente lo amenazó con hacer daño a su hermana y Fernando le diría que pensaba contar lo de su adicción a las drogas. Máximo no podía hacer nada, así que, ¿por qué no matarle? Así es, Máximo es el asesino. Mató a Fernando haciendo que se diera un fuerte golpe en la cabeza con el volante, cogió una navaja, se hizo una herida y dejó su cartera en el coche para que pareciera un robo. Saltó del coche y este se estrelló. Lo que Máximo no previó fue que perdería la memoria. No solo por la pérdida de sangre, sino por el pánico al haber cometido un crimen. Vio que en su mano estaba el recorte de periódico donde yo me anunciaba. Ese recorte era de Fernando, que seguramente vendría a buscarme para pedir protección para su hermana. Ahora sí comisario, ya puede levantarse a detener a ese asesino.
Máximo estaba paralizado, con la mirada perdida en algún lugar del escenario. Los agentes de policía lo levantaron y se lo llevaron. La memoria de Máximo había vuelto y ahora se daba cuenta de todo el mal que había hecho. Los otros actores se quedaron en silencio, sin saber que decir. Rosa lloraba, porque sabía que, en algún lugar del corazón de Máximo, él la amaba y ella le correspondía.
El comisario Mendoza se acercó a Spoore para felicitarle.
—Enhorabuena Spoore, otro de mis... quiero decir, otro caso resuelto.
—El mérito es suyo, comisario. Tome un regalo. ¿Sabe? Siempre me he preguntado por qué se llama usted Ignacio Mendoza si es negro —preguntó Spoore entregándole un paquetito al comisario.
—Mi padre era español y le gustaba ese nombre —respondió el comisario mientras abría el paquete. Cuando vio su contenido se sorprendió—. ¿Me ha regalado un peine? Si no tengo pelo.
—¿Qué pasa? ¿Los calvos no pueden soñar? —preguntó Spoore.
Aylin se acercó a él y este le tendió la mano. Aylin la cogió y salieron del teatro, juntos. Fueran donde fueran siempre estarían juntos, resolviendo crímenes y atrapando a criminales. El misterio formaba parte de sus vidas, y aunque las cosas se pusieran muy mal, o aunque encontraran un obstáculo difícil de superar, saldrían victoriosos. Aylin no tenía nada que temer porque, al fin y al cabo, se encontraba bajo la protección del mayor detective de la historia, Dorian Spoore.