Bienvenidos al Rincón de la Pluma

Queridos lectores:
Bienvenidos al rincón de la pluma, en el que yo (Julio San Román) colgaré mis historias y fantasías de vez en cuando.
Espero que disfrutéis de mis escritos.
Atentamente,
Persépolis

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los Guardianes de Eridna.


Los reinos de Eridna.
Es bastante complicado definir a Eridna. Para muchos es una leyenda, para otros simplemente es un cuento, y siempre hay alguien que cree que es verdad. La historia de Eridna comienza con la creación del mundo. Sus habitantes creen que fue creado por Orhún, el dios sol. La leyenda cuenta que, tras crear el mundo, Orhún cogió parte de su casco y creó a Iruna, la diosa luna de la inteligencia, cogió parte de su armadura y creó a Varuna, la diosa luna de la fuerza, y cogió parte de su corazón y creó a Deruna, la diosa luna de la pureza. Los cuatro juntos consiguieron crear a los seres vivos, como las plantas, los animales, los humanos... Cuando finalizaron el trabajo, se dieron cuenta de que entre todo eso habían creado la vida, pero también habían creado algo muy poderoso que era capaz de acabar con ella, una fuerza que ellos mismos denominaron como “la Sombra”. Tras una épica batalla en la que intentaron someterla, la Sombra quedó atrapada en un túnel que llegaba hasta las entrañas del mundo, sellado con una puerta de piedra negra. Los dioses, temiendo que la Sombra pudiera volver, le otorgaron el poder de gobernar el mundo y vigilar esa puerta a unos seres divinos elegidos por su inteligencia, su fuerza y sobre todo, por su pureza, que serían conocidos como los “Guardianes”. Así fue como comenzó la “Primera Era”, con el reinado de un dragón dorado. Los siglos se sucedieron, pasando así la “Segunda Era”, la “Tercera”, la “Cuarta” y así hasta la “Séptima”. La “Séptima Era” es conocida como la era oscura, ya que la Sombra consiguió escapar de su prisión. La Sombra creó a sus propios guardianes, comenzando una interminable guerra contra los guardianes que optaban al trono.
Actualmente, Eridna está dividida en ocho reinos: El Reino del Norte, gobernado por el Rey Elsworth, corazón de hielo; el Reino de Arena, gobernado por Mo, criatura dorada; los Bosques del Norte, gobernados por Afrälth, el ciervo blanco; los Bosques del Sur, gobernados por Lee Scorgasson, el hombre conejo; la Isla Morada, gobernada por Colibrí, la princesa emplumada; las Tierras de Ceniza, gobernadas por Rapto Denar, el hijo de la Sombra; el Reino de Cristal Negro, gobernado por Zafrina, la reina Cuervo; y por último, las Montañas Aladas, las cuales no tienen ningún líder, ya que la Sombra se encargó de aniquilar a todos los dragones del mundo.




Parte 1: Hielo abrasador.

Prólogo:
            «Lo primero que recuerdo es la luna, un gran círculo dibujado en el cielo, rodeado por puntitos brillantes a su alrededor. Era una noche magnífica. Estaba tumbado en la nieve, intentaba levantarme pero era imposible, tenía algo sobre mí que me lo impedía. Era enorme y escamoso y obviamente estaba muerto. Cada vez tenía más frío, era algo insoportable. Me dolía el pecho. Conseguí levantar una mano y me toqué el pecho. Miré mi mano y vi que estaba manchada de sangre. No sólo tenía heridas en el pecho, la mejilla me escocía y con la lengua saboreaba la sangre que salía de mi labio. Volví a poner mi mano sobre mi pecho y encontré aquello que me había producido mis heridas. Tenía una daga clavada en mi pecho. Rodeé su empuñadura con mis fríos y largos dedos y tiré de ellas con las pocas fuerzas que me quedaban. La daga salió de mi pecho y todo se volvió negro. Después de esto, volví a nacer.»
*          *          *
            Hacía mucho viento en el Reino del Norte. Afortunadamente los leones albinos del hielo no tenían frío. El frío era su naturaleza.
Los leones albinos eran enormes felinos blancos con cuatro inmensas y fuertes garras, capaces de destrozar cualquier material. Normalmente los leones tienen grandes melenas, pero en este caso sólo su rey o como ellos lo llamaban, su Dal, era el que tenía melena. Cada león albino comenzaba a adiestrarse para la guerra a los pocos meses de nacer, cuando aprendían a andar. Cuando finalizaban su entrenamiento su función era defender su reino, y para ello creaban poderosas armaduras de hierro celestial, un metal irrompible.
Aquel día los leones habían salido a buscar algo. Ni siquiera ellos sabían lo que buscaban. Hacía unas horas habían visto en el cielo un destello azul que había caído en el hielo.
Una leona se aventuró por un paso helado al que nadie se aventuró nunca a explorar. La leona era joven, apenas habría cumplido los diez años. Normalmente, los leones se consideraban adultos a los quince años y hasta esa edad, debían obedecer a los leones adultos, pero aquella leona era rebelde y su espíritu de aventurera nunca cesaba.
La joven leona, llamada Wina, cruzó varios túneles de hielo. Cuando temió haberse perdido, vio una cámara de hielo azul que estaba iluminada por una luz azul. Wina se acercó al centro de la sala y miró a su alrededor. Aquella sala no estaba hecha de hielo, sino de zafiro. En el centro vio un paquete envuelto en una tela azul. La leona destapó el paquete y vio que en su interior no había una caja o un cofre como ella había supuesto, sino que había un bebé. El bebé tenía entre sus manos una daga plateada. La leona rugió y su rugido se escuchó por todo el Reino del Norte.
Una hora después la sala estaba ocupada por Wina, el Dal Imur, el rey de los leones y el Rey del Reino del Norte, el Rey Elsworth, que era un humano con una pequeña barba blanca, grandes cejas blancas y el resto de su cara eran básicamente arrugas. Sus pequeños ojos eran grises y estaban ocultos por sus cejas y por las ojeras. Era bastante alto y bastante ancho de espaldas. Iba vestido con un abrigo de pieles marrones y en una de sus manos llevaba un hacha casi tan alta como él.
-Míralo es una abominación-dijo el Dal Imur.
-No lo es-replicó Wina.
-¿Cómo? ¿Osas desafiar a tu Dal?-gruñó Imur Wina se calló y agachó la cabeza avergonzada- No sabemos lo que es, debemos sacrificarlo.
-Es un niño, un bebé humano-exclamó Wina-. Sacrificarlo sería un error fatal, es inofensivo. El miedo a lo desconocido le ciega, majestad.
Imur miró a Elsworth, quien miraba a ambos leones con interés y diversión.
-Leona, parece ser que no estás al corriente de las leyendas que cuentan sobre otro niño que nació en el hielo-dijo Elsworth. Wina sabía a lo que se refería, pero no le pareció oportuno contarlo. El niño seguía durmiendo, desconociendo el tema de la conversación que en esos momentos se hablaba.
-Imur, mátalo tú-dijo Elsworth, apartándose.
Imur dio un salto hacia el niño, pero Wina lo empujó cuando estaba en el aire. Wina cayó cerca del niño y gruñó al Dal. Imur se levantó y atacó a Wina, wuién se defendió hábilmente. El bebé se despertó y empezó a llorar. Wina vio sus ojos grises goteando y decidió sacarlo de allí. Agarró la manta del bebé y tiró de ella, cogiendo al niño.
Elsworth e Imur se quedaron mirando cómo la leona huía. Elsworth miró a Imur con decepción. La leona había huido y tenía al niño en su poder, pero aún así Imur se sentía seguro de sí mismo. Levantó una de sus zarpas delanteras y se la enseñó a Elsworth, quien contempló con orgullo la sangre que había en las garras del león.
*          *          *
Wina llegó hasta un lugar cubierto de hielo. No podía más, había perdido mucha sangre y cada vez le costaba respirar más. Dejó al niño en una roca negra cubierta de nieve y cayó al suelo, exhausta. Ni siquiera oyó al niño reír cuando vio la luna en el cielo. Wina murió instantes después, feliz por haber salvado a aquel indefenso niño.
La luz de la luna iluminó directamente al niño, que de repente se transformó en un joven de unos quince años con el pelo blanco, cejas finas y negras, ojos azules como el cielo estrellado y la tez pálida. El joven se levantó del hielo. No tenía frío, pese a estar desnudo. Miró el cuerpo inerte de la leona, se acercó a él y la tocó con la mano. Instantes después, la leona se había convertido en un hurón blanco con dos pequeños cuernos marrones en la cabeza. El hurón abrió lentamente los ojos y miró a su salvador.
-Me alegra devolverte el favor, Wina.
El joven miró al horizonte. Sus ojos brillaron maliciosamente. El hijo del hielo quería venganza.

lunes, 12 de agosto de 2013


Los pringados pasajeros.
No sé a qué día estamos hoy
Querido desconocido:
Como habrás podido leer en mi última carta, la fastidié inmensamente con aquella chica. Conseguí que me perdonara, empezamos a salir juntos... Pero las cosas no fueron bien. Mi “pringadez” empezó a afectarla de una manera sorprendente, como una enfermedad que te ataca desde dentro. Al poco tiempo de empezar a salir conmigo (a los tres segundos concretamente) su cara fue atacada por un enjambre de acné del que pocos adolescentes se salvan. A la mañana siguiente, empezó a usar gafas y aparato y poco a poco, su ropa le fue gustando menos y la cambió por algo parecido a un hábito de monja. Lo peor fue cuando le empezaron a gustar los cómics de superhéroes y se hizo una friki. Entonces comprendí que era lo que estaba sucediendo y tuvimos que dejarlo (a los tres segundos volvió a ser una chica normal).
Por otra parte, he decidido ir de viaje a Estados Unidos en compañía de mis compañeros de clase. Aunque solo tengo un amigo, llamado Rodrigo Pérez, pensé que sería una buena experiencia para ambos. La verdad es que Rodri es un chico bastante majo, el problema es que es un poco infantil y no tiene un carácter duro y maduro como el mío.
Los problemas empezaron cuando llegamos al aeropuerto de Nueva York. Yo estaba recogiendo mi equipaje cuando de repente vi que Rodri estaba siendo arrestado por un policía del aeropuerto. Yo me asusté muchísimo y salí corriendo para advertir a la profesora, pero al oír esto, salió corriendo seguida de todos los alumnos, dejándonos a Rodri y a mí solos en el aeropuerto.
Decidí arreglar las cosas con el guarda. Me acerqué al hombre y le miré a la cara, pese a que me sacaba dos cabezas. El hombre era alto, negro, con una espalda como un armario del IKEA, pero con las puertas abiertas y tampoco pude evitar fijarme en la pistola que guardaba en su cinturón.
Le dije que era amigo de Rodrigo Pérez y que quería saber qué había pasado. Por una parte no me podía creer que Rodri estuviera metido en aquella situación, pero por otra parte pensaba que Rodri tenía cara de narcotraficante y que lo mismo había utilizado la excusa del viaje como tapadera para traficar con drogas. El guarda me miró y me dijo que lo siguiera. Genial, yo también estaba detenido.
Llegamos a una sala llena de criminales (o por lo menos a mí me lo parecieron). Porque... ¿qué sentido tiene que estén allí si no han hecho nada? Es decir, yo estaba allí y no había hecho nada... Mierda.
Me sentaron junto a Rodri. El pobre estaba llorando, así que decidí actuar como un hombre y protegerle. La táctica para salir de situaciones como esta es negar, negar y negar. Al cabo de un rato vino un poli y le preguntó:
-Aquí dice que eres español -dijo enseñándonos el pasaporte de Rodri-. ¿Eso es verdad?
El truco de siempre, negar, negar, negar.
-No -respondí yo. Rodri me miró sorprendido, tal vez porque me veía como a un héroe o por la trola que le acababa de contar.
-Sois unos niños normales que han venido de excursión ¿no? -preguntó el policía algo extrañado.
Negar, negar, negar.
-No -dije yo. Entonces el policía se fue a hablar con su superior. Seguro que creían que éramos mejicanos criminales. La verdad es que Rodrígo Pérez suena a mejicano. Cogí a Rodri del brazo y le saqué corriendo de ahí.
Nos costó algo encontrar el autobús donde estaba nuestro grupo. Cuando llegamos allí nuestros compañeros nos mostraron su alegría por vernos tirándonos piedras. Estaban tan contentos que hasta la profe se unió.
Nos llevaron a casa de nuestro compañero de intercambio. El mío por ahora es un tío guay, al que le va la música, los videojuegos y se relaciona muy bien con las chicas.
A ver qué tal me va con él.
Firmado
El héroe más pringado del mundo.

Escena 2: Un identidad servida con donuts

A la mañana siguiente, Spoore llamó al número de teléfono que estaba escrito en la servilleta que encontró en el bolsillo de Arturo. Contestó una voz joven y dulce:
—Buenos días, ¿con quién hablo?
—Me llamo Dorian Spoore, anoche llegó a mi casa un hombre que tenía su teléfono escrito en una servilleta, me gustaría hablar con usted para aclarar algunas cosas —respondió Spoore.
—¿Ha pasado algo? ¿Es usted policía?
—No, para nada. Simplemente queremos averiguar algo sobre él. —Por el tono de voz, podía apreciarse que la forma misteriosa de hablar de Spoore ponía nerviosa a la joven. Aun así, el trato del detective la hizo entender que no ocurría nada malo.
La chica accedió a quedar en la misma cafetería donde se había producido el encuentro. Spoore, Aylin y Arturo fueron a la cafetería a la hora acordada. Una vez dentro, les invadió un delicioso olor a donuts, café y pan recién hecho. Realmente no tenían ningún plan, simplemente tenían que dejar que alguna mujer joven se fijara en Arturo y le reconociera. La cafetería recordaba a las de los ochenta. Había un mostrador de los mismos colores que las rayas rosas o azules que estaban pintadas sobre la pared blanca. Al fondo había una gramola —claramente querían imitar el estilo ochentero— y las mesas eran metálicas. Las camareras iban con uniformes a juego y con patines blancos de ruedas rosas en los pies.
Todos buscaron con la mirada su objetivo, intentando encontrar algún gesto, postura o comportamiento extraño en las jóvenes de la cafetería. Minutos después, entró una joven rubia, de piel morena, con los ojos azules como el océano y los labios rojos como las cerezas. Iba muy maquillada, pero aun así a ella le quedaba bien. Vestía ropa negra, como si estuviera de luto. Al ver a Arturo corrió hacia él y captó su atención. Arturo no sabía si realmente era ella, ya que seguía sin recordar nada. Aylin propuso sentarse en una mesa para hablar más tranquilamente. Spoore le contó a la joven, Rosa, todo lo que sabían sobre Arturo.
—¿Sabes cómo me llamo? —preguntó Arturo esperanzado.
—Creo recordar que te llamabas Máximo, no Arturo —dijo ella algo insegura.
—¿Entonces por qué me suena tanto el nombre de Arturo? —preguntó Máximo en voz alta, aunque la pregunta fuera dirigida a sí mismo.
-No sé si ayudará, pero me dijiste que eras actor y que estabas preparando una obra muy importante... —Cuando Rosa dijo esto, Aylin se sobresaltó. Aquella mañana había leído en el periódico un artículo sobre una compañía de teatro que estaba preparando la obra Los caballeros de la Tabla Redonda. Si hubiera sido otra persona, tal vez habría creído que se trataba de una casualidad, pero era Aylin Adams, ayudante de Dorian Spoore, y el detective le había enseñado que en su oficio no se le estaba permitido creer en las casualidades. Compartió esta información con Spoore, que decidió ir al teatro donde se representaría la obra con el fin de averiguar si conocían a Máximo. No obstante, quería hablar un poco más con Rosa sobre su encuentro del día anterior.
—Bueno, pero antes de irnos, me gustaría saber qué estuvisteis haciendo ayer.
—Charlamos. Yo estaba aquí sentada y él se acercó. Empezamos a hablar y me contó que trabajaba como actor. Se me hizo tarde, así que le di mi teléfono para que me llamara otro día y me fui.
—Y ¿quién se ha muerto esta noche? —dijo Spoore, pillando de improviso a Rosa, que balbuceó sin saber qué responder—. Lo digo por la ropa negra, el maquillaje para ocultar el rastro de las lágrimas, los ojos llorosos...
Rosa sabía que Spoore la había atrapado en una habitación con una sola salida. Obviamente tenía que contárselo.
—Mi hermano, en un accidente de coche. La policía está investigando, pero no me ha dicho aún nada —respondió tristemente Rosa, a punto de llorar.
—Si me llevas al lugar del accidente, te prometo que descubriré qué pasó —dijo Spoore serio y frunciendo el ceño. Rosa asintió. Parecía que se hubieran olvidado de Máximo. Estaba claro que si el detective olía un misterio, no perdía la oportunidad de meter las narices en medio. Aylin movió la cabeza. Ella lo sabía perfectamente. Por culpa de ese afán de resolver misterios se habían metido en más de un lío.
Salieron todos de la cafetería y recorrieron varias calles hasta que llegaron a una plazoleta repleta de policías y médicos que iban de un lado para otro, muchos de ellos sin saber qué hacer o demasiado ocupados como para pararse a explicar lo que estaba sucediendo.


martes, 9 de julio de 2013


Escena 1: Heridas que te quitan la memoria.
A través de la ventana del salón se veía la noche oscura de Madrid. Las farolas emitían una luz amarillenta que iluminaba las calles de la ciudad por donde circulaban trabajadores cansados, jóvenes universitarios que habían finalizado las clases o ancianos que daban un paseo acompañados de sus mascotas.
Sin embargo Aylin Adams se hallaba sentada en el sofá del salón de su casa sin mirar a través de la ventana. Estaba corrigiendo los exámenes de la universidad, ya que ella era historiadora y trabajaba allí, mientras escuchaba música clásica. Eso la relajaba y la ayudaba a concentrarse. De repente algo rompió su concentración. Un sonido en la puerta retumbó por el silencio de la casa.
Aylin se levantó, salió al pasillo, llegó al vestíbulo y abrió lentamente la puerta. Fuera la esperaba un hombre de estatura media, con el pelo corto, pálido, ojeras y con una herida en el costado derecho que sangraba intensamente. El hombre balbuceó algo y acto seguido se cayó sobre Aylin, que trató de sostenerlo.
-¡Spoore!-gritó asustada. Spoore era su amigo, un detective privado que vivía con ella. Bueno, más bien ella vivía con él, ya que la casa inicialmente era de él pero ella se mudó.
Spoore apareció en el rellano de la puerta tranquilo, sin perder los nervios. Cogió al hombre en brazos y lo llevó al salón. Lo tumbó sobre la mesa de madera de caoba y tirando algunas cosas al suelo. Le desabrochó la camisa y le pidió a Aylin que taponara la herida con la mano. Spoore subió corriendo las escaleras y al cabo de unos segundos ya estaba de vuelta, llevando consigo un maletín de primeros auxilios.
-¿Desde cuándo tiene un botiquín de primeros auxilios?-preguntó Aylin asombrada.
-Siempre me ha parecido una buena idea tenerlo-respondió Spoore, examinando la herida-. Por suerte es un navajazo y no parece que haya hemorragia interna. Simplemente tendré que cosérsela.
-¿Pero sabe hacerlo?-preguntó Aylin cada vez más alarmada. Esta vez Spoore sí la miró, arqueando una ceja. Aylin tragó saliva.
-¿Duda de mí?-a Spoore le había dado otro ataque de modestia.
El detective se volvió a concentrar en la herida. El hombre gimió cuando Spoore empezó a coserle la herida. Aylin le metió un trapo en la boca al ver que el dolor se le hacía insoportable. Cuando el detective acabó, tenía el chaleco negro manchado de sangre, al igual que las manos. Aun así cogió al hombre y lo tumbó en el sillón junto al sofá donde Aylin había estado corrigendo.
Spoore fue a lavarse y cuando volvió vio que el hombre recobraba el sentido decidió averiguar algo sobre él.
-¿Cómo se encuentra?
-¿Quién es usted?-el herido parecía desorientado, asustado, como si viniera de otro planeta y estuviera explorando nuestro mundo.
-Me llamo Dorian Spoore, soy detective y ella es mi amiga Aylin-explicó Spoore-. Le han herido de un navajazo y nosotros le hemos curado.
El hombre movió la cabeza desconcertado y abrió la mano. En ella había un papel, un recorte de periódico en el que un enorme círculo de tinta rodeaba el anuncio de Spoore. Spoore lo examinó. Obviamente el herido había llegado a su destino.
-¿Por qué no recuerdo nada? Intento ver mi pasado pero no hay nada, sólo negro. Me suena el nombre de Arturo... pero no sé si soy yo o es otra persona...
-Bueno, por el momento te llamaremos así-dijo Aylin dulcemente. Arturo le dedicó una pequeña sonrisa.
Spoore se fijó en un papel que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Lo cogió y lo leyó. Era un tiquet de una cafetería, concretamente una cafetería que no había muy lejos de allí. Spoore vio que también tenía una servilleta de la cafetería con un número de teléfono.
-Escúcheme, a ver si puede recordar algo. Aquí tengo el nombre de una cafetería en la que ha estado hace escasos minutos, a las ocho y media. Ha pedido un café con hielo y un donut. Por el número de teléfono en la servilleta, deduzco que estuvo hablando con una mujer por la que se sentía atraído pero luego pensó que no merecía la pena y se limpió con la servilleta sin darse cuenta de que ahí estaba el teléfono-el increíble detective lo había vuelto a hacer, había vuelto a utilizar sus poderes de deducción para averiguar algo más sobre aquel hombre.
-Lo siento, pero no recuerdo nada-Arturo había apretado los ojos fuertemente, como si le costara un gran esfuerzo recordarlo todo- ¡Espere! Recuerdo la cafetería y recuerdo un coche acercándose a la acera... y ya está. No recuerdo nada más.
Spoore asintió con la cabeza. Obviamente había un misterio que resolver. Spoore sonrió feliz. Tenía trabajo y no había nada que le gustara más.

sábado, 1 de junio de 2013


En esta historia, un hombrecillo con bigote blanco vende un paraguas a Elisabeth y a su hija por una libra. Esto es lo que pasa tras despedirse del hombrecillo.

1libra por un paraguas.
-¡Caramba, mamá! ¡Qué prisa lleva!
Mi madre no dijo nada. Ella nunca se esperaba cosas buenas de los desconocidos. En mis doce años de vida, jamás he visto a mi madre confiar en algún vendedor ambulante, o incluso en los viejecitos del parque que daban de comer a las palomas. Agarró fuertemente el paraguas en su mano y miró al hombrecillo, que había desaparecido en un callejón.
Yo me fijé en el mango del paraguas y observé que tenía un pequeño grabado en forma de corazón. Tiré de la manga del abrigo de mi madre y esta me miró todavía seria. Yo le dije que mirara el mango del paraguas y que viera el curioso grabado. Mi madre alzó el paraguas y observó detenidamente el mango y los ojos se le abrieron como platos. Yo temía que de repente la hubiera dado un ataque cardíaco, pero no fue así. Rápidamente abrió el paraguas, me agarró la mano fuertemente y tiró de mí mientras caminaba con paso firme por la acera.
Prácticamente mi madre era la única que se tapaba con el paraguas, porque yo iba detrás de ella empapándome los zapatos con los enormes chacos que había en el asfalto y que eran imposibles de esquivar.
Llegamos a una calle estrecha por la que apenas había espacio para dos coches. Las casas eran de ladrillo marrón y tejados de pizarra negra con chimeneas del mismo ladrillo que las paredes. A ambos lados de la calle había pequeños árboles de cuyas hojas colgaban gotas de agua. De repente mi madre se paró en seco y yo casi pierdo el equilibrio por su culpa. Miré a mi madre extrañada:
-¿Qué bicho te ha picado, mamá? Mira cómo tengo los zapatos-dije señalando mis mojados y embarrados zapatos con mi dedo índice, pero mi madre no pareció escucharme. Tenía la mirada puesta en la puerta negra que se levantaba frente a nosotras. Mi madre parecía insegura, aun así se acercó, llamó al timbre y miró el paraguas de seda azul que aquel extraño hombrecillo nos había vendido por una libra.
La puerta se abrió lentamente y detrás de ella apareció un hombre alto, delgaducho, de pelo marrón peinado, y vestido con una camisa y unos vaqueros. Era mi padre. Mi madre extendió el brazo, cediéndole el paraguas. Mi padre cogió el paraguas y lo arrimó a su cuerpo. Levantó la cabeza y dijo que lo mejor sería que entráramos, no quería que cogiéramos un resfriado.
Mi madre resopló y en un principio se negó, pero yo insistí en entrar y ella no tuvo más remedio que hacerme caso. Al entrar mi madre pasó de largo, pero yo le di un fuerte abrazo a mi padre y él me respondió con un beso en la mejilla.
Nos sentamos en el salón y mi padre nos ofreció un tentempié. Hacía mucho tiempo que no veía a mi padre. Desde que se divorciaron sólo lo había visto en mi cumpleaños y en Navidad. De vez en cuando llamaba para saber cómo estaba, y nada más. Mis padres no solían discutir cuando estaban casados, pero un día discutieron como nunca lo habían hecho y el enfado no se les pasó a los pocos minutos, como solía pasar.  Yo supuse que era eso lo que ocurría cuando dos personas pierden el amor.
-Pues te parecerá curioso-dijo mi padre-, pero yo también tengo tu paraguas.
-¿Qué paraguas?-pregunté yo con curiosidad.
-No me puedo creer que nunca te hayamos contado cómo nos conocimos y lo que pasó con los paraguas.
Yo miré a mi padre con atención, llena de curiosidad.
*          *          *
Peter salió de la cafetería, donde se acababa de tomar un delicioso Banana Split. Se refugió de la lluvia bajo el toldo de la cafetería. Pensó que podía volver a entrar en la cafetería hasta que amainase la tormenta y mientras, tomarse otro de aquellos deliciosos plátanos aunque, lamentablemente, debía ir a la oficina. Abrió un paraguas azul que llevaba bajo el brazo con dificultad (ya que en la otra mano llevaba su maletín), y sin querer le dio a una señora que pasaba por allí, sosteniendo un paraguas rojo con una mano y un bolso con la otra. La señora dio un gritito y soltó el paraguas. Peter cerró el paraguas y lo dejó en el suelo, junto a su maletín. Le preguntó a la señora si estaba bien y esta respondió que sí, que no pasaba nada. Peter se dio cuenta de que la tela del paraguas rojo de la señora se había salido. Lo recogió, lo cerró y lo arregló, pero al levantar la vista, sus ojos se cruzaron con los de ella y se dio cuenta de lo hermosa que era. Sin querer se le cayó el paraguas al suelo y lo cogió sin apartar los ojos de su mirada.
-Perdona... se te había caído... ¡quiero decir! Se me había caído...Me llamo Peter.
-Gracias... Yo Elisabeth...
¡Elisabeth! Seguro que ese nombre no se le iba a olvidar nunca. Elisabeth cogió su paraguas y salió disparada hacia un taxi que había quedado libre, y tras entrar dentro del coche, echó una última mirada a aquel apuesto hombre que la miraba como si fuera la única mujer en el mundo.
Cuando el taxi hubo desaparecido, Peter salió de sus pensamientos y abrió el paraguas que descansaba junto a su maletín, pero de repente se dio cuenta de que aquel no era su paraguas, sino que era el paraguas rojo de Elisabeth. ¡Debían de haberlo cambiado cuando se le había caído! Buscó el taxi con la mirada, esperando que volviera, pero no lo hizo.
Cabizbajo, Peter se marchó a la oficina, donde le esperaba un largo día de trabajo. Durante horas, estuvo firmando documentos, rellenando formularios, leyendo los currículos e incluso hizo algún que otro crucigrama.
De vez en cuando, miraba por la ventana con la esperanza de ver a Elisabeth por allí, pero eso no ocurría. Media hora antes del almuerzo, miró por la ventana desesperado y, en un despacho del edificio paralelo al suyo, la vio. Al principio creyó que se había vuelto loco, pero no era así, ella era real. Contó los pisos que había desde el suelo hasta donde estaba el despacho y salió corriendo.
Salió de las oficinas, cruzó la calle esquivando coches y llegó hasta el otro edificio. Corrió hasta el ascensor y pulsó el botón del piso en el que se suponía que estaba el despacho. No obstante, al cerrarse las puertas vio que Elisabeth salía del ascensor contiguo a ese. Intentó parar las puertas, pero no lo consiguió.
Tuvo que esperar a que el ascensor llegara al piso del despacho para que pudiera bajar corriendo al vestíbulo otra vez e intentar encontrar a Elisabeth. Lamentablemente, cuando llegó al vestíbulo, no estaba ella. Salió a la calle de nuevo, pero no la encontró. No le podía estar pasando aquello, la había perdido dos veces en el mismo día.
Pese a que estaba lloviendo, dejó el paraguas rojo cerrado sobre la acera y se fue caminando con los bolsillos en las manos, enfadado. Recorrió varias calles y de repente vio cómo el paraguas rojo abierto bajaba del cielo como si estuviera volando. No lo podía creer. Encima le había tocado un paraguas acosador. Agarró el mango para apartarlo de su camino pero, de repente, un fuerte viento sopló y tiró del paraguas. Peter se agarró fuertemente al mango y también fue arrastrado con él.
Mientras tanto, Elisabeth caminaba por las calles de Londres sin rumbo fijo, esperando encontrarse a Peter para poder cambiarle el paraguas. Al cabo de unos minutos sosteniendo el paraguas para refugiarse de la lluvia, notó que el mango empezaba a vibrar y por lo tanto, lo soltó asustada.
El paraguas empezó a bailar por el aire como si estuviera vivo y avanzó en dirección a la de Elisabeth. Ésta, asombrada, decidió seguir el paraguas para ver a dónde le llevaba. Recorrieron las calles de Londres bajo la lluvia hasta que llegaron a la cafetería donde se había encontrado con Peter y, una vez allí, el paraguas cayó muerto al suelo.
Elisabeth lo recogió y se preguntó qué podía haber pasado. Entonces un fuerte viento sopló y vio cómo aparecía su paraguas arrastrado por el viento y, agarrado a su mango, Peter. El paraguas y el hombre chocaron contra el escaparate de la cafetería y en un rápido movimiento, Elisabeth lo ayudó a levantarse.
-Hola-dijo él.
-Hola-dijo ella.
-Solo quería devolverte el paraguas-dijo Peter, entre suspiros-. No sé dónde lo comprarías, pero puedo asegurarte que es un paraguas la mar de revoltoso...
No pudo terminar de dar explicaciones porque Elisabeth le envolvió con sus brazos como si fueran tentáculos y le besó en los labios. Peter se dejó llevar, puso sus manos sobre la cintura de Elisabeth y bebió de aquel beso, que tenía sabor a fresas.
Tal vez fuera por eso por lo que no vieron a los dos paraguas elevarse hacia el cielo, juntos, como si estuvieran cogidos de la mano.
*          *          *
-Y así fue cómo tu madre yo nos conocimos-sentenció mi padre.
Aquella había sido la mejor historia que había oído en mi vida. Me parecía increíble que dos paraguas hubieran unido a mis padres.
-Os parecerá curioso, pero me lo vendió esta mañana un hombre mayor con un curioso bigote blanco por una libra.
Mi madre y yo nos miramos la una a la otra con los ojos como platos. ¡Era imposible!
De repente lo comprendí todo, los paraguas los habían unido al principio y ahora que se habían separado, querían volver a unirlos. Aquello era increíble. Cuando salí de mis profundos pensamientos vi que mi padre y mi madre se estaban abrazando apasionadamente, como si hubieran estado mucho tiempo deseando hacerlo.
Yo miré hacia la ventana (me daba mucha vergüenza estar con mis padres en aquella situación) y a través de esta vi al curioso hombrecillo con un cartel enorme que decía:
1libra por un paraguas,                                                                                                                             un paraguas por un amor eterno.

viernes, 10 de mayo de 2013


00Doble. Idioteces otro día.
Escena 1:
(Se abre el telón. Aparecen Max, Holly y el pringao.)
Holly: Bien, el jefe nos ha encargado esta misión a nosotros y a nadie más. Debemos adentrarnos en la mansión Duarte, coger el paquete y entregárselo al mismísimo presidente de los Establos Unidos.
Max: Querrás decir de los Estados Unidos.
Holly: No, los Establos Unidos. Es que tenemos que entregar el paquete a un granjero.
Max: (Señala al pringao) ¿Y este qué pinta aquí?
Pringao: No, yo aquí no pinto nada. Si yo estaba paseando por la calle cuando me tiraron a un charco, me metí aquí para preguntar si me podían dar una toalla y me empezasteis a hablar de no sé qué historias, así que no sé qué hago yo aquí.
Max: ¡Qué bueno es este agente! Se ha metido tan bien en su identidad falsa que me ha hecho dudar por cinco milésimas de segundo.
Holly: Es fascinante, bueno el plan está claro ¿no? Nos metemos en casa de Duarte, cogemos el paquete y se lo entregamos al granjero. Bien, para conservar nuestras identidades secretas necesitamos números en clave. Yo soy Holly, alias “44”, de la inteligencia británica.
Max: Bien, yo soy Max, alias “007,5”, inteligencia del montón.
Pringao: Y yo soy yo, alias “Pringao”, alias “00Doble”, sin inteligencia, es decir, tonto del bote, cortito, estúpido...
Max: ¿Y por qué 00Doble? ¿Eso no son tres ceros?
Pringao: No, es cero, cero doble. Y digo ese  número porque esa es la nota que suelo sacar en los exámenes.
Holly: Bien, en marcha. Vayamos a la mansión Duarte.
(Hacen mutis por el foro.)
Escena 2:
(Entran Max y el pringao por una esquina del fondo del escenario de espaldas a la otra esquina. Por la otra esquina entra Holly de espaldas a los otros dos. Se chocan en medio del escenario y Holly grita, se da la vuelta y pega una torta al pringao, luego el pringao se da la vuelta y pega una torta a Max y Max se la devuelve al pringao y el pringao le da una torta a Holly.)
Holly: ¡Huy chicos, menos mal que os encuentro! Esta casa es enorme y cuando vi que los perros os perseguían creí que me había quedado sola. ¿Cómo conseguisteis escapar de ellos?
Max: Fue fácil, nos libramos de ellos.
Holly: ¿Los habéis matado?
Pringao: ¡Qué va! Les dimos una perra a cada uno, (mira a Max con una sonrisa traviesa) luego, lo que hagan con ellas es cosa suya.
Holly: En fin, ya estamos en la casa de Duarte, ahora hay que encontrar el paquete. (Se oyen pasos) Viene alguien, al suelo.
(Todos se agachan en una de las esquinas del fondo del escenario. Entra el guarda que atraviesa el escenario como si se estuviera meando. Hace mutis y se oye un “Aaaah” que indica que el policía ha hecho sus necesidades y vuelve a atravesar el escenario, solo que esta vez se va a un lado del escenario y hace como que apaga la luz, y esto se acompaña con las luces bajas.)
Pringao: ¡Oh, no! Ha apagado las luces. Tenemos que llegar al interruptor de la luz, pero seguro que ha activado rayos láseres, pero tranquilos, he estado muchas veces en situaciones como esta. (Empieza a andar como si esquivara láseres y cuando llega al centro del escenario Holly empieza andar normalmente, a lo que el pringao se queda cortado. Holly se gira y mira al pringao.)
Holly: ¿Me estás mirando el culo?
Pringao: No, no, qué va... Bueno, cuando has empezado a andar... Mejor me callo.
(Se oye al guarda otra vez. El pringao y Holly se pegan a un lado del escenario. Max se coloca a su altura pero en el otro lado del escenario.)
Pringao: No, creo que empiezo a hiperventilar, no puedo con tanta presión. (Empieza a hiperventilar.)
Max: ¡Holly! Haz algo, nos van a pillar.
(Holly le empieza a acariciar la cabeza como si fuera un perro. El pringao se relaja.)
Pringao: ¡Uf! Gracias, y ahora dime que todo va a salir bien.
Holly: (Resopla) Aunque lo dude, todo va a salir bien.
Pringao: ¿Y qué tal un besito?
Holly: ¡No te pases chaval! (Se levanta y se va al lado de Max. Antes de llegar junto a Max, se para y grita al pringao.)¡Qué no me mires el culo!
(En ese momento entra el guarda alarmado. El guarda se da cuenta de que Holly y Max están en la pared.)
Guarda: ¡Alto ahí! (Les apunta con las manos como si fuera una pistola. El guarda se da cuenta y se saca la pistola.)¡Quietos! ¿Quiénes sois y qué queréis?
Max: Holly, ¿respondes tú a eso?
Holly: No, responde tú.
Max: ¿Sabes? Odio ser esa clase de personas...
Holly: ¿La clase de personas que finge que su dedo es un móvil?
Max: (Tiene los dedos en posición de móvil en la oreja y está como hablando por el móvil.) Ssshhh. Por favor... (Se va) ¿Me oyes bien?
(En ese momento se levanta el pringao.)
Pringao: No has contado conmigo y con el factor sorpresa. (Empieza a hacer movimientos de kárate.) Damas y caballeros a esto es a lo que yo llamo kárate. (Da un golpe en la tripa al guardia y se hace daño) ¡Ay, ay ay!
Guarda: Ya le dije a mi mujer que no era necesario hacer abdominales.
(Aparece Max con un paquete en la mano.)
Max: ¡Eh! Ya he encontrado el paquete.
Pringao: Yo empezaría a correr.
Holly: Buena idea.
(Todos salen a la vez. El guarda se queda solo.)
Guarda: A ver cómo le digo al jefe que le han robado el paquete. Mejor yo también empiezo a correr. (Se va.)
Escena 3:
(Aparece el pringao escribiendo una carta.)
Pringao: Y así fue, querido desconocido, cómo me hice espía y conseguimos el paquete, que al final resultó ser un poco de paja y se lo entregamos a un granjero que estaba empeñado en jugar a la petanca. Lo peor es que mi amor con Holly es imposible. Ella debe de estar pasándolo fatal... (Sale Holly por detrás dando saltos de alegría) pero en fin, lo superaré. Firmado: No te lo puedo decir porque si no tendría que matarte. Ala, ya la echaré mañana en el buzón. 

domingo, 21 de abril de 2013



Sin abuelas no hay paraíso.
Hace poco, pero no hace tres segundos.
Querido desconocido:
Como habrás podido observar en el sobre, me he cambiado de dirección. Hace poco me mudé a otro pueblo por motivos económicos. Pensé que sería un buen momento para empezar de cero, hacer amigos, ligarme a un par de chicas... Pero no fue así.
Para empezar, todos me miraban como si fuera un bicho raro y en segundo lugar, las chicas son feas o gordas o las dos cosas a la vez. Afortunadamente, en el instituto, he encontrado a la chica ideal para mí. Es mi compañera de pupitre y se llama Cristina. Es perfecta tal y como es, sus labios, sus ojos, su pelo y ese olor a limón que desprenden sus cabellos cuando la fresca brisa sopla... ¿Se nota mucho que estoy enamorado de ella?
Aun así, debo estar preparado para cualquier cosa. Por eso, he creado un plan a largo plazo, de unos seis meses, para ligármela. El plazo se puede reducir o alargar, pero eso depende de si ella colabora o no. Antes todo era mucho más sencillo: Cuando teníamos seis años, a las chicas les gustaban los chicos más rápidos  de la clase o los más fuertes, pero ahora hay que esforzarse mucho para tener novia. Recuerdo a un chico de mi anterior instituto que pese a ser muy bajito, era muy rápido y muy hábil y tenía a todas las chicas coladitas por él, pero cuando pasó a secundaria, le apareció el acné, le pusieron aparato y se ganó el asco de todo el instituto. Por si te lo estás preguntando, ese chico no era yo. En mi anterior instituto había más pringados aparte de mí, pero ninguno como yo.
Volviendo a mi historia. La abuela vino a nuestra casa para asegurarse de que nos habíamos asentado bien. Mi abuela estaba un poco loca. Cuando era pequeño, encontré un hueso en su sótano y pensé que era una asesina en serie que mataba a sus víctimas tirándolas de los mofletes y arrancándoselos, hasta que descubrí que el hueso era un hueso que había sobrado del cocido y que el perro de la abuela lo había cogido para morderlo. Cuando apareció por la puerta, me vi obligado a darla un beso en la mejilla, pero como ella era medio ciega y tenía un poco de Parkinson, su beso acabó en mi boca. Estuve traumatizado durante unas horas, hasta que se me olvidó, pero entonces vino a mi habitación mi “querida” hermanita y me lo recordó.
Como la abuela iba a pasar unos días en nuestra casa, mis padres aprovecharon esta situación y el fin de semana salieron a cenar, a bailar y pasar una de aquellas noches locas que no tenían desde hacía años. Yo, por mi parte, también aproveché la situación. Nos habían mandado un trabajo en el instituto y yo tenía Cristina como compañera, así que le dije que podíamos pasar juntos la tarde del sábado y hacer el trabajo y lo que surgiera. Obviamente, esta última cosa no se lo dije.
Ella aceptó. Últimamente estaba pasando mucho tiempo con ella y nos habíamos hecho muy amigos. Aquella tarde fue estupenda: hicimos el trabajo (que, por cierto, nos quedó muy chulo), jugamos a los videojuegos, hablamos de nuestras cosas, reímos, bailamos... Fue una tarde maravillosa.
Cuando me llegó la hora de volver a casa, me di un buen golpe en la cabeza con una estantería que estaba un poco baja y me hice un chichón. Cristina me llevó al sillón y me preguntó cómo estaba. Yo iba a responder que me encontraba bien, pero ella me dijo que si estaba mareado podía quedarme en su casa un rato más. Obviamente, como soy un chico educado que nunca dice mentiras, dije que estaba un poco mareado.
Su madre me dijo que podía llamar a mi abuela y decirle que viniera a buscarme con el coche, pero yo respondí que mejor que mi abuela no cogiera el coche, que la última vez que lo cogió lo puso a dos ruedas y atropelló a unas cuantas personas. Por suerte para ella, las personas que atropelló, entre las que se encontraba una señora que le debía dinero, no estaban cruzando por el paso de cebra, así que sólo le pusieron una multa y le quitaron los doce puntos del carnet de golpe. No le cayeron la cadena perpetua ni la entrada en un manicomio de puro milagro. Llamé a mi abuela y la dije que me iba a quedar a dormir en casa de Cristina.
Cuando nos fuimos a la cama, ella me sacó un colchón hinchable para que durmiera en él. Curiosamente, el colchón se pinchó. Cristina me preguntó que con qué se había pinchado pero ¿qué iba a saber yo? Como ella no quería que yo durmiera en el sillón, me dijo que podía dormir con ella en la cama. Yo estaba de los nervios y no me lo podía creer. El único problema fue que, como yo no tenía pijama, me tuvo que dejar uno rosita de Winnie the Pooh que además me quedaba muy pequeño. Pero eso dio igual. Nos tumbamos en la cama y me advirtió que si me abrazaba cuando estaba dormida, que la avisara. Yo no quería molestarla así que, si se daba la ocasión, no la avisaría, por educación.
Se durmió a los cinco minutos, y a los diez me estaba abrazando. Me quedé toda la noche en vela, con una cara de atontado increíble. Cuando se despertó, todavía estaba abrazada a mí. Me preguntó si había estado toda la noche despierto, pero yo le dije que me acaba de despertar. Ella me respondió que le había parecido verme con los ojos abiertos y a mí lo único que se me ocurrió decir fue que de vez en cuando dormía con los ojos abiertos. Soy idiota y no tengo remedio.
Me dijo que ya no era un amigo para ella. Yo creyendo que lo había fastidiado todo con ella intenté excusarme pero ella me puso un dedo en los labios y yo me callé. Me dijo que era algo más para ella, yo cada vez estaba emocionado y temía ponerme en plan gaseoso y tirarme unos pedos por los nervios, así que aguanté lo máximo que pude y la dejé seguir hablando. Ella me dijo que lo había estado pensando mucho y que yo le gustaba mucho y que si yo estaba preparado estaba dispuesta a salir conmigo y, tras decir esto me besó. Yo estaba encantado. Abrí un poco los ojos y de repente vi a mi abuela besándome. Yo me aparté rápidamente y Cristina me miró extrañada. Yo la dije que estábamos mejor siendo amigos, por ahora, que tal vez dentro de poco, lo que venía a ser el día siguiente, podíamos empezar a salir juntos y a ser novios. Ella me preguntó que por qué decía aquello y yo la contesté que su manera de besar me recordaba a la de mi abuela.
En cuestión de segundos, me encontraba en medio de la calle, en frente de la casa de Cristina, descalzo, con un pijama rosa que me quedaba pequeño y con la marca de una torta en la cara. ¿Cómo había llegado hasta allí? Hacía tres segundos estaba en una cama besando a una chica en los labios y después estaba allí.
Prometo solucionarlo. Ella ha sido la primera chica en besarme a voluntad propia y no iba a dejarla escapar.
Firmado:
Un pringado idiota