Bienvenidos al Rincón de la Pluma

Queridos lectores:
Bienvenidos al rincón de la pluma, en el que yo (Julio San Román) colgaré mis historias y fantasías de vez en cuando.
Espero que disfrutéis de mis escritos.
Atentamente,
Persépolis

domingo, 10 de febrero de 2013


Los diez mandamientos del pringao.
Semana Santa.
Querido desconocido:
¡Hola! Como te imaginarás, soy el pringado de siempre. Es Semana Santa y, como entenderás, no me alegro mucho. Tras mi expulsión de la iglesia sin ningún motivo, no me apetece celebrar procesiones en honor a Dios y todo eso.
En un principio pensé en quedarme en casa. Pero en Semana Santa no echan nada bueno en la tele. Todo son películas religiosas: Ben-Hur, Los diez mandamientos, Jesucristo Súper Star... Creo que es la única semana del año en la que los curas ven la tele. Realmente, la gente dice: “¡Bien, vacaciones de Semana Santa!” ¿Pero son tontos? Esto es un puente largo. Navidad son vacaciones cortas y las de verano sí son vacaciones. Semana Santa, como su nombre indica, es una semana.
Le dije a mi madre que si nos íbamos de viaje, por aprovechar las “vacaciones” (no como otros, que estarán enganchados al ordenador todo el día) y ella me dijo que sí. ¡Qué bien! Nos íbamos a la playita, al mar, con las palmeritas... Pero como salía caro nos fuimos a mi pueblo en Andorra. ¡¿Pero qué pinto yo en Andorra?! Si Andorra es un país para comprar tabaco. Vamos a ver, estaba Dios dibujando la frontera entre España y Francia y se salió de la rayita de puntos que tenía que repasar y dijo: “San Pedro tráeme típex” y San Pedro respondió: “Lo siento, todavía no se ha inventado” y así fue como se creó Andorra. Entonces, no me pareció tan mal lo de quedarme pegado al ordenador.
En fin, el viaje fue un tostón con el tema de los pasaportes y todo eso y además fuimos en coche.  Cuando llegamos allí había una procesión y tuvimos que llevar las maletas desde la otra punta del pueblo a casa de mi abuela andando. ¡Maldita procesión! Si más que rendir homenaje a Dios, parecía un desfile de frikis de Harry Potter. Los capuchinos, con las máscaras parecían los dementores o los mortífagos, como se llamen. Sólo faltaba que al cura le quitasen la nariz y le llamasen Voldemort.
Al día siguiente, estaba aburrido. No sabía qué hacer. Estaba tan aburrido que incluso llamé al contestador para que me diese conversación. Pero mi abuela, que es más lista que el hambre, me dijo que disfrutase de las fiestas. Era cierto, estábamos en fiestas, que no era necesario ir a misa y todo eso, que las fiestas son para divertirse y que con el pretexto de que estamos en fiestas, uno puede hacer lo que quiera: tirar una cabra por el campanario, quedarte hasta las tantas en la calle y si te apetece ponerte pedo... no, espera, voy mal por ese camino.
Bueno, por la noche salí a la calle. Al día siguiente, me levanté en mi cuarto sin camiseta. No recordaba nada de aquella noche. Lo único que recordaba eran viejos, bingo y unicornios. Fui a asearme y de repente vi en mi hombro un tatuaje con un unicornio y un cartel en el que ponía “si la tontería tuviese nombre...” Entonces lo recordé todo. Fui a divertirme, pero lo único medianamente divertido de mi pueblo es el bingo del centro de jubilados. Fui y jugué al bingo, gané y como premio me dieron una dentadura postiza, entonces, un señor mayor sin dientes me pegó un garrotazo en la cabeza y creo que ahí me dejó aturdido y me hice el tatuaje. Mi madre me vio el tatuaje y me castigó diciendo que tenía que sacar a los pastores alemanes de mi abuela, durante una semana, es decir, todo lo que me quedaba de vacaciones. Lo que pasa es que en Semana Santa siempre llueve, como si Dios llorase por la muerte de Jesús. A propósito, Jesús ha muerto, cuesta creerlo, pero el viejo que me pegó murió de un ataque. Volviendo a mi historia, como llovía, le dije a mi primo que si me podía llevar a dar un paseo a los perros en su coche. Él aceptó. Lo que pasa es que, al sacar a los perros en coche, se hacen sus necesidades en el asiento trasero y al ser pastores alemanes, la peste no es muy buena que digamos.
Durante los días siguientes les paseé a pie. Un día, vieron un conejo y lo empezaron a perseguir. A mí se me quedó enganchada la correa en el pie y me arrastraron durante un buen rato por las montañas, hasta que se cansaron. Estaba perdido y  mi móvil no tenía batería. No me tenía que haber pasado la tarde anterior jugando al Angry Birds. En fin, empecé a andar y llegué a un pueblo en el pie de los Pirineos. Pregunté a un señor que dónde estaba. Él me contestó en un idioma raro, supuse que era vasco. No sé mucho de idiomas, pero la particular pronunciación de la “r” como una “g” me decía que era vasco. Después calculé con mis suficientes conocimientos de geografía dónde podía estar el pueblo. Veamos, si el país vasco, está en el sur de España y Andorra está en el centro de Cantabria, pensé que debería ir hacia el norte. ¿Te he contado que me suspendieron sociales? Pero creo que fue por el tema de los romanos, que no se me dio bien.
El hombre me dio una bicicleta de aproximadamente la época de mis padres, es decir, era un bicicleta prehistórica.  En fin, que me fui dirección norte y a lo largo del trayecto se me juntó un grupo de chavales de mi edad. Cuando llegué a una ciudad muy grande, supuse que podría preguntar dónde estaba, pero de repente me choqué con una cinta en mitad de una calle y todo el mundo me aplaudió. Me subieron a un podio y vi a lo lejos la Torre Eiffel. ¡Entonces estaba en Londres! Pero en ese momento tenía problemas más grandes. Un chaval que me estuvo siguiendo todo el rato, se me acercó y me dijo algo así como “¡Maldito español! Para una vez que un francés va a ganar el “Tour de Francia Juvenil”, vienes tú se lo impides”, pero no me hagas caso que yo no sé mucho de idiomas.
El caso es que el chico me empezó a perseguir y me recorrí el recorrido que había hecho al principio pero al revés, y al final llegué otra vez al pueblo de mi abuela, todavía con el chico persiguiéndome.
Al final, se volvió a su casa y yo me fui a casa de mi abuela y me di cuenta de que era 20 de abril. En ese momento pensé que el colegio ya tenía que haber empezado.
Firmado:
El ganador del Tour de Francia Juvenil en Londres.
P.D.: ¿Sabes que mis padre no me echaron en falta en todo ese tiempo y se fueron a Madrid sin mí?

jueves, 10 de enero de 2013


Mi Navidad en 2025.
2025, prácticamente tenía la vida perfecta. Vivía en Nueva Zelanda, en una casa en mitad de un bosque. Había tenido suerte, puesto que mi sueño de ser filólogo y trabajar en una universidad se había hecho realidad, y yo sólo tenía veintisiete años. Estaba saliendo con una chica llamada Carla desde hacía varios meses. Era una chica maja, guapa, lista, divertida... en definitiva, estaba buena y era lista. Me enamoré de ella en el mes de Septiembre.
Aquí, en Nueva Zelanda, en Septiembre es primavera, con lo cual las Navidades caen en verano. En un principio, creía que eso iba a ser bueno, bañarnos en el mar y abrir los regalos, comer unas hamburguesas hechas en la  barbacoa y brindar con champán en el Año Nuevo... pero mis primeras Navidades allí no fueron como yo esperaba.
Digamos que en estos últimos dos años no he tenido unas buenas Navidades. En 2023 yo estaba estudiando filología en Inglaterra, mi familia vino a cenar por Navidad, y al final no comieron nada.  Por mi parte he de decir que cocino bastante bien, pero el problema es que no hay quién se coma la comida inglesa. En 2024 acabé la carrera y me mudé a Noruega. Allí decidí ir a esquiar el día de Nochebuena y hubo una nevada muy fuerte que a mí me pilló en medio de la montaña. Aquella noche la pasé metido entre la nieve, hasta que un San Bernardo me encontró y me llevó al refugio. Cuando volví a mi casa, vi que mi madre me había mandado un mensaje diciendo que no habían cogido el vuelo que les traería a Noruega porque lo habían cancelado debido a la tormenta. Después de esto me mudé a Nueva Zelanda, donde no había tormentas de nieve, ni la comida era mala.
Me había instalado en la casa del bosque hacía bastante poco y le había pedido a mi novia, Carla, que se viniera a vivir conmigo, pero ella quería que antes la presentara a mis padres. Así que una tarde llamé a España, con el firme propósito de que mi familia viniera por Nochebuena.
-Hola mamá... Sí, sí, claro que estoy bien... ¿Os apetecería venir a cenar esta Nochebuena conmigo?... No, en Nueva Zelanda no hay tormentas de nieve... ¿Qué si quiero que traigas algo? Pues no sé... ¡¿Pero cómo vas a traer un pavo?! Pero mamá, que estamos a treinta grados por la noche... Yo no vivo en sitios raros... Bueno Inglaterra no es un país muy normal... Sí, ya sé que Noruega también... Que sí mamá, que lo que tú digas, puedes traerte a toda la familia... Ten en cuenta el cambio de hora cuando vayas a coger los billetes-¿por qué cuando uno se independiza, las madres se vuelven insoportables? Aquella conversación me estaba poniendo nervioso así que decidí poner en práctica el truco de la batidora. Mientras hablábamos  fui a la cocina y enchufé la batidora-¿Qué dices mamá? Lo siento, no te oigo, creo que te pierdo... ¿mamá?-y una vez dicho esto, encendí la batidora y coloqué a su lado el móvil. Acto seguido, colgué.
Dos días antes de Navidad, descubrí que mi novia era una friki del Señor de los Anillos, porque me llevó al parque de Nueva Zelanda donde se pueden visitar los escenarios de las películas. Cada vez estaba más enamorado, con lo difícil que es encontrar una chica a la que le guste el Señor de los Anillos. Lo que me pareció raro era que, una vez allí, me dijo que ella celebraba las Navidades de una forma especial.
Por fin llegó el día de Navidad. Primero llegó mi familia: mi madre, algo enfadada conmigo (se me había olvidado que el truco de la batidora lo inventó ella); mi padre, deseando conocer a Carla; mi abuela, que traía turrón sin azúcar; mi tía, con la típica piña que siempre trae a las cenas familiares y que nos comemos por no decepcionarla; mi hermano, pegado al iPhone 20, etc. Después llegó mi novia y entonces me di cuenta de a qué se refería cuando dijo que celebraba las Navidades de forma especial. Mi novia era demasiado friki del Señor de los Anillos, ya que había venido disfrazada de elfa o de enana o algo parecido.
Cuando la presenté a la familia, mi abuela pensaba que era una loca que se había fugado del manicomio, mi padre en cambio me puso cara de Clint Eastwood y me dijo que saliera al jardín. Yo salí cabizbajo y él con un enfado de “aquí te pillo, aquí te mato”.
-¿Sabes que tu novia ha venido disfrazada de elfa?
- No es por llevarte la contraria, papá, pero creo que ha venido disfrazada de hobbit-En la vida llega un momento en el que uno se hace hombre y planta cara a su padre, lamentablemente ese momento no llegó. Mi padre me dio un guantazo o como yo lo llamo “torta preventiva”-¡Ay! ¿Por qué me das? Si yo no he hecho nada...
-Para cuando lo hagas-y dicho esto se fue al salón. Es obvio por qué lo llamo torta preventiva ¿no? El resto de la velada fue normalita, nos comimos la odiosa piña de mi tía, pusimos a mi abuela el culebrón al que está enganchada desde que... no sé si los dinosaurios existían cuando ella se enganchó al culebrón, mi hermano pegado al móvil, mi padre enfadado y para colmo mi novia se puso a cantar un villancico en élfico. Creo que no volveré a tener una Navidad normal en la vida.

En el nombre del padre, del hijo, del pringado máximo, amén.

Hace poco, no más de un siglo.
A/A Don Benedicto XVI, actual papa en el Vaticano, en alguna parte de Italia, (¿Tú no serás el desconocido, verdad?)
Yo, pringado y marginado social, alumno del instituto público de Villa Conejos, solicito mi admisión en la Iglesia Católica, como buen protestante que soy, tras haber sido excomulgado un día de Marzo de 2007.
Quiero conocer las razones por las cuales el padre Mateo Rezocomonadie, de la parroquia de Villa Conejos me excomulgó. Contaré lo sucedido para que sepa la versión de los hechos de cada uno:
Llegó el día de mi primera comunión. Yo llegué a la parroquia vestido de marinero. Parecía Popeye, sólo me faltaba la pipa y los músculos.
Cuando llegó mi turno, me situé junto al padre Mateo, me miró y me preguntó si quería ser cristiano, a lo que yo respondí que no, que prefería ser Messi. Acto seguido, me dijo que me iba a dar una hostia consagrada:
-Tranquilo, padre, a ver si el que le va a pegar voy a ser yo-le advertí. Y así toda la ceremonia. Así que me acabó echando a patadas de la parroquia. Y al final no me regalaron nada, ni la Wii, ni un móvil, ni una chocolatina... Lo único que me regalaron fue el libro “Los pilares de la Tierra.”
Yo me acordé hace unos días de la excomulgación porque se me cayó el libro “Los pilares de la Tierra” encima. Llamaron a los bomberos para que me quitaran el libro de encima, y uno de ellos me dijo que si me lo quería leer. ¡Pero qué locuras decía ese hombre! Si a mí “El Principito” todavía me parece largo. En fin, que durante las tres horas que tardaron los bomberos en quitarme el libro estuve pensando la razón por la cual me habían expulsado de la Iglesia Católica, y de verdad no lo sé.
Espero recibir una carta suya explicándome las razones de mi excomunión y si me aceptarían otra vez en la Iglesia Católica. Se despide atentamente:
Un chaval aplastado por un libro.